
Lo más oscuro de aquella noche fueron tus ojos,
brillantes sin reflejo, grandes sin corona blanca.
Herías mi rostro con párpados de arena y cuarzo,
dibujabas con mi sangre sombras en mi piel rota.
Mi dolor era tu placer, sonreias mientras lloraba,
mi boca dolorida, es tanta la rabia acumulada.
Para ti el presente en lágrimas de alcohol puro,
para mi el pasado olvidado y el futuro sesgado.
Nunca cambiaría tu mirada ni el dolor en mi alma,
sábanas manchadas para morir cada madrugada.
Te quería y no entendía, deseada y maltratada,
elegir entre la agonía o renacer desde el fuego.
Mi silencio sustituyó una lejana presencia,
ahora eres una sombra que sangra mis recuerdos.